miércoles, 14 de febrero de 2018

De la Fiesta de Divorcio entre Barbaceja y Daikiri Durazno

  ―¿Qué onda esto de la fiesta de divorcio? ―le preguntó Unkelee a Barbaceja, que se había afeitado unos quince años, y que tenía en la cabeza el turbante ceremonial que la ocasión demandaba, como así también el vestido a retazos coloridos y las sandalias planas―. Sirvió para descubrir que no me invitaste al casamiento, por cierto.
  ―Es una vieja tradición de mi familia. ¿Nunca te conté que vengo de los mangoles centroasiáticos?
  Unkelee tenía entre sus dedos un vaso de leche tibia, y en su cuello se acurrucaba como un cachorrito apachuchable la pajarita opaca que verdeSol le había acomodado con cierta indiferencia fingida.
  ―¿No será de los mongoles?
  ―No, no, esos son otros.
  La fiesta era al aire libre, y el árbol más cercano estaba a unos quinientos metros, pero el horario pos-siesta hacía del sol un amigable manto facilitador y no un tostador cósmico a evitar. Sobre el pasto, había muchas más mesas repletas de comida que invitados (laberinto gastronómico). Barbaceja conocía los berrinches entre culturales y caprichales de sus invitados, y entonces preparó algunos manteles llenos de frutas, otros con embutidos, otros de pan tostado, y también había exclusivamente una mesa de arepas, una de madalenas, pasteles y rollitos de canela, y varias de bebidas, en las que se podían encontrar jugos orgánicos de frutos de estación exprimidos por viajeros bienintencionados que intercambian trabajo por hospedaje (y también de sobrecito), así como fernet y gaseosas de cola, cervezas artesanales, y vino torrontés blanco con arándanos.
  La violinista rosa investigaba la mesa de los postres, y pensaba con cierta inquietud en la lengua que una aceituna sin hueso quedaría contentísima sobre la cima de su madalena de chocolate amargo con pasas de uva. No le quedó más remedio que sacar una del bolsillo y ponérsela. El conejito que llevaba al hombro la miró con cierta extrañeza por sus fetiches culinarios, pero ella masticó con paciencia antes de hablarle. Sus cachetes crecieron y temblaron, empujando suavemente el aire, que terminó rozando el ala anterior derecha de una libélula y la ayudó a decidirse por doblar hacia la izquierda, por donde terminó encontrándose con el hombro de Clara, que con las comisuras enarboladas le comentaba a Juan lo lindo que le parecía el vestido tan verano y de plumas ruborizadas que tenía puesto Daikiri Durazno. Una vez que se tragó los glúcidos sobrevivientes a la saliva, sí, habló:
  ―Tú eres de felpa. O de alguna clase de vellón sintético cuyo nombre desconozco. Así que no puedes decir nada.
  verdeSol estaba en la suya, con la espalda recostada en una pata de la mesa de frutas del ecuador, y sus manos yendo y viniendo con colores por un pedazo de papel. Caía como luz engrosada su pelo, y chau hombros, chau cuello. Desde una rajadura de su pantalón, la rodilla derecha pispeaba qué sabor tenía la tarde, y jugaba con los hilitos a enchastrarse de segundos.
  ―Y yo no me casé ―seguía hablando Barbaceja con Unkelee, que le sumó curiosidad a su mirada―. Con Daikiri Durazno sabíamos que lo nuestro no iba a funcionar, así que para evitarnos un mal trago, o peor, uno insípido, decidimos saltearnos algunas cosas y empezar y terminar por el final.
  ―Qué fresco. Son una pareja muy moderna. O lo fueron.
  ―A Daikiri le gusta mucho andar en bicicleta, y es una buena chica, pero también quiere trabajar. Yo prefiero quedarme en casa viendo la Champions League o documentales acerca de liliputienses plumíferos de sangre caliente. Si lo puedo acompañar con un sándwich de rúcula con aceite, mucho mejor.
  Elefantitos, grullas, perros, búhos y estrellas de origami estaban todo el tiempo colgando de unos hilos que partían el espacio y lo dividían en dos: el suelo ocupado por los invitados y el resto del cosmos, con todos sus ultravioletas e infrarrojos y gammas y fonones y quién (a que todos) sabe cuánto más. Nicole pasaba por debajo de ellas y jugaba a probar si las alcanzaba o no al saltar. Víctor, mientras la veía, despegaba sin mover un solo pie. Usando la sonrisa.

[Octubre 2017]

lunes, 29 de enero de 2018

Acerca de la no invisibilidad de los ausentes

  ¿Quién fue el estúpido que dijo, o que dice, que la nada, que los huecos, que la ausencia, no se ven? ¿Que son una invisibilidad? (O más estúpido todavía: una inexistencia) Si acá yo, escribiendo a las cinco de la mañana porque el sueño se me fue a trabajar de explotado en alguna fábrica de plásticosmentira, volteo hacia mi cama, y te veo, juro que te veo no estar ahí. Te veo tan de cerca no estar volteada, no envuelta en la sábana hasta el mentón porque el dormir te enfriaba el cuerpo tanto en verano como en invierno, no girar un poco y no mirarme desde atrás de ese rubor de tus párpados. Veo tanto tu no que me quedo mirándolo más, esperando, seguro de que pronto sí, de que tenés que aparecer, porque no podés ser tan visible y no, no, nunca. Y cuando me convenzo, o ya me duele más y no quiero aguantar, dejo de mirar un rato, y mi oído se enciende: te juro que te escucho no preguntarme ¿qué hora es?, y si no me lo preguntás no te puedo responder, y aunque no te respondo después también te escucho no decirme ¿qué hacés boludo? Vení a la cama un rato más.
  Entonces llega un momento en que me agobia esa manera tuya de volver pesado el aire sobre la cama, de recalentar la luz que empieza a entrar por la ventana cuando sale el sol, y me levanto con la esperanza de que tu no estar no ande por el patio. Y salgo. Y lo hago descalzo, pero te juro (otra vez) que sin querer, que no me doy cuenta, y llego al pasto y con sus cosquillitas mi cara sigue engominada, y me aturde tu no reírte. Y levanto la mirada y te veo no acercar tus dedos a las campanillas que están trepándose la malla, y busco tu sombra en el suelo y no la encuentro (la luz toca con asco cada ladrillo, cada hojita, casi como si el planeta se hubiera podrido; y lo toca también con miedo, y con cierta agonía, casi como si lo que quemara fuera él). Te veo no mirar hacia arriba, inspeccionando el amarillo de los pomelos, y me pregunto por qué te no preocupás tanto al elegir si seguro que después vas a terminar poniéndole azúcar. Va a ser un desastre que esta tarde no vengas a pasarme tus dedos pegoteados de vitamina C por la cara.
  Y preparo café y siempre me sobra una taza, por esa manera tan caprichosa que tenés de no tomarte la tuya; y pongo una película y te miro pero no puedo decirte nada acerca de que considero demasiado cliché al protagonista y ya muy rebuscados esos planos detalle de los tobillos de su tía, porque desde que andás no estando por la casa te volviste una pésima oyente, una pésima no compañera de pirateo cinematográfico; y cuando conozco una nueva canción que me gusta, no sabés cómo me rebalsa, como me pesan las estrofas, cómo me empalagan las citas que ya no puedo cargar en una cucharita para que me ayudes a terminarlas (porque siempre lo mejor fue eso: no la devoración en sí, sino que me ayudaras a devorar)

[Julio 2017]

jueves, 25 de enero de 2018

Un té en un café

  Ya subí una vez esta canción, pero se escuchaba bastante para la mierda, o en otras palabras: la resonancia de la locación arquitectónica elegida para la filmación era deficiente. Así que la grabé otra vez, pero con el ukelele de Noe. Si se preguntan quién es Noe, pues la dueña del ukelele, ya les dije.
  A la canción la escribí en enero del 2015, y no fue un intento de plagio a nadie. Salió espontáneamente de las intalentosas profundidades de mi hipotálamo.
  Los acordes son:
  -En estrofa: SOL RE DO SOL / SOL RE DO DO
  -En estribillo: SOL RE FA DO / SOL RE DO DO
  Y no hay más ciencia que eso.
  Gracias.

sábado, 20 de enero de 2018

Que algún día sea hoy

  Estas son las brevedades, las muecas de cuando el año pasado me animé a levantar el pulgar frente a los viajes de los desconocidos y ver si querían juntarlos con los míos, a dormir bajos las ramas y las luces amarillentas de una ciudad que todavía no puede comerse al Paraná, a alimentarme de lo que se pueda calentar con une pequeña lata llena de alcohol, a estrujarme el pecho con el peso de la nada sonora que te tira encima un valle cerca del cielo, a cantarle una canción a la amabilidad correntina de un tereré y un poquito de pastafrola.
Acá, en la altura que hace transpirar, en la altura que adelgaza y tonifica las piernas, mientras miro esas arrugas que parecen eternas y sin embargo son la más efímera prueba rocosa de la novedad y la resurrección, mientras miro por detrás del velo atmosférico los inmensos monstruos que le rasgan el frío blanco al cielo, mientras oigo al solemne silencio hincharme los oídos y respirar en mis tímpanos, me doy cuenta. Alguna vez, en algún sitio de similares lejanías, me sentí dueño del mundo, y hoy: no. Hoy me siento tan ajeno como nunca, tan huésped que la gratitud me cierra la boca y me lanza al suelo, tan visitante privilegiado sin visa al que le dejaron el portón abierto y le dijeron sírvase, pero con mesura y encanto, por favor de nada, que no tendré forma de retribuir, no tendré tiempo ni carne ni vida ni literatura ni sonrisas que alcancen para devolver esta magia.
   Montoncitos de frases que escribí durante mi viaje a mochila por Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba, San Luis, Mendoza y Tucumán, el año pasado (2017). En un pdf gratuito, porque las ideas y las giladas no pueden venderse.


  Alguna vez en un tumblr escribí: ¿Cuántas veces me caché a mí mismo pensando algo lindo, diciendo algo lindo, y después, agregando "algún día"? Es hora de dar el paso, vomitarse al mundo, saltar al vacío, ser flor entre guadañazos, o al menos, intentarlo kamikazemente.

Tengo la convicción

  Hace calor.
  Esta es una canción que escribí en diciembre del 2016. Lo sé, la letra no es muy buena, y musicalmente diríase que tiene una sola y aburrida sección, pero bueno, al menos no habla de afuera es verano pero en mi corazón es invierno y todas las canciones de la radio me hablan de vos y bla bla.
  Si mal no recuerdo, es un plagio lento a "Considero", de Salta la Banca.
  Muchas gracias

martes, 9 de enero de 2018

Porque

  Era linda porque se le veían los sueños en las piernas y sabía reírse con las manos; porque era joven en cada una de sus palabras y sabía prestarle generosamente su pelo a la lluvia; porque aprendió a llenar de besos el aire con sus pestañas y nunca le agregaba azúcar a las frutas; porque esculpía escalofríos a veces con la boca, a veces con un solo dedo, y le dejaba al sol tomar las siestas por su cuello y por sus hombros; porque las plazas rechazaban la gravedad y se colgaban de sus pies cuando las andaba, y si se hamacaba le sacaba un par de risas al aire con las rodillas; porque respondía siempre la verdad, aunque a veces le pusiera un moñito en el pelo; porque les daba de beber a las estrellas cada noche; porque bailaba como bailaba; porque al abrazarte te convidaba su olor, mucho más similar a una intuición de madrugada, a un interludio silencioso entre dos chicharras; porque tenía un par de lunares que la seguían donde fuera, a toda hora, siempre probándole la piel; porque jugaba muy mal al tutti frutti pero siempre tenía listos los bolígrafos y el papel para cuando un amigo llegara a casa; porque se volvía un bebé para dormir y sin que se diera cuenta a su colchón se le formaban búhos y ositos y plumitas y espirales que correteaban bajo las sábanas toda la noche; porque había siempre un chapuzón en su pecho y unas rodajas de mandarina en sus codos; porque no sabía que habían construido un refugio de labios y de pulgares a lo largo de sus dos mejillas; porque los enojos le duraban tres minutos y un montón de muecas divertidas; porque te compartía sus arco iris sin recelo y sin miedo a que le apagaras alguno de los colores; porque no sabía cómo ser otra persona, y tampoco cómo inventarse excusas para intentarlo alguna vez; porque era un té de algarroba y para las fiestas solía regalar ramos de luces que le cosechaba a los soles o las lunas o las velas o las fogatas; porque si se sentaba a escuchar grillos o piedritas, al río le gustaba acurrucarse cerca de sus tobillos y lamerle esa pequeña verdad que había antes de llegar a su talón.

Septiembre 2017

Nada más

Como primer video del año subo este cover de una canción de Adrián Berra, músico que conocí hace como cuatro o cinco años, escuchando "Un beso en la nariz" (https://www.youtube.com/watch?v=cLd8I...), pero al cual empecé a prestarle atención e interés reales a lo largo del último año. Si quieren saber más de él, este es su sitio web: http://adrianberra.com.ar/ Esta canción en particular siempre me gustó mucho. La letra es simple y el estribillo es musicalmente muy dulce, aunque nadie pueda jamás saber qué significa eso. Originalmente el tema es arpegiado, pero yo lo toqué con rasguido; motivos: mi poco talento y mis ansias por grabar sin aprender. Ajá, faltándole el respeto a la gente que hace las cosas que me gustan. En fin.... Como ya saben que yo soy super original, y la canción menciona la lluvia, quería que en el video haya lluvia. ¿Y qué manera más metafórica y artística de poner lluvia en un video que salir a filmar la lluvia y ya? Entonces un día me desperté, estaba lloviendo, y bueno, la magia fluyó sola. Muchas gracias.