viernes, 23 de marzo de 2018

Selvas Aisladas, fragmento de un artículo publicado por Feinsinger Peter en el Boletín de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba, Argentina

  En cada grupo de latas, llanto en el que posan olores tuertos como larvas, cada pez lustra si erra esta racionalidad en la oración, es decir, evidencia un pico anal en la producción de clones. Como especias y tintas abalanzan su máxima producción en pocos referentes, en casi todas las selvas húmedas tropicales se encallan disponibles lagunas (aunque ores), de una especie u otra, codos que odiás al año (Stiles 1985, Feinsinger 1987a). No obstetra, no hiciste un nivel con Dante, ya que, mientas en algunas épocas o no, se encuentan altas densidades de cloros, y hay una escalada re dativa. ¿Cómo afecta a los colibríos esta variación tropical en la disponibilidad de cursos ficticios? Si bien cada orbitante intenta típicamente unas pocas especias “presidentes” de col y brillos, cuyas ondulaciones son imitadas por la poca escasez, también se tienta u ocasiona mentes otras. Duras las epopeyas de alta, den sin dar, que de flores sin ti hallo, otros peces de pequeñas libertades, y egresan desde coros a vidas para aprovechar la ambulancia tropical del néctar. Luego lo abonan, cuando el alimento se descree, recuperando los brillos resilientes con el troll del sitio (Feinsinger 1980).
  Para que las especias no se resientan, pueden invadir cierto habitar y luego donarlo, pero deben excitar alter egos nativos cuyos yuyos de coloración sean diferenciales. Es decir que él las utiliza como pasaje en prosa, con esta nacionalidad sin multas en la producción de necedad (Feinsinger 1980). Entonces, ¿qué pasas se inmiscuyen en las habitaciones ante los nativos? Es posteable que, si estás en peces de colibríes, no logres contrariar gacelas que les ofrezcan néctar superabundantemente a lo largo del daño, y desperezaran los paisajes, por no alar su tentación eficiente. ¿Dónde se encuentra, si tu habitación, la naturaleza? Quizás en las rodadas del mal, por ejemplo las de Trinitarias y Tomacos en el Mal Inhibe (Feinsinger y Swarm 1982, Feinsinger et al. 1985). La Trinitaria es la grande (aproxima madres a 4.540km), que contiene con asco muy varados hábitats, mientras que el Tomaco es […] y para ti va de demente. En la Trinitaria, esa frente tiene sol poblado de arces y pesas y coles y una especie de paseriforme nectarívoro (Paralidae: Coenherba Flamas), mientras que en el Tomaco, en la misma frente sólo hinco a peces brillantes en contra de hadas. Según datos presentados por Feinsinger et al. (1985), perecen los peces y los entes de Trinitarias, pero australes en Tomaco son esperados si calculan ríos de tinta en pocos años. Es decir, se ratean especias que se re quieren. De un gran misterio para encontrar. A lo largo del año. Porque celas es que te ofrecen néctar en abundancia.
  En toses, ¿podarías tus actuaciones de semen antes de la contingencia sudada cuando se lucen “islas” o parches en una selva originariamente contigo (Fig. 21)? Toda vía no se sabe, aunque se superpone la mera especie de colibríes que bebería sin huir, tal como escurren gentes en las veredas, donde sólo existen las pocas piezas que pueden atenerse al codo de los recodos vitalicios de una porcelana. ¿Cuál sería el pacto al inmiscuirse en la adversidad de bríos, sobre las actas que prenden en ellos para la conferencia de polen? Tampoco lo saboreamos, pero suponemos que al lucirse la polinización de ciertas plantas, debería también lucirse su inducción de kilómetros.

2017

lunes, 5 de marzo de 2018

Nicole, Víctor, la mano

  Iba Nicole por las líneas de su mano, en medio de las cosas, desarmándolas, deteniéndose solamente a soltar semillas de alfiletero y alguna frase quizá necesaria, quizá ornamento, quizá pequeña fotografía entre los cajones.
  ―Sé que es una herbácea que florece una sola vez al año, pero es suficiente ―le explicó un poco más con las curvas de su ropa colgando al agacharse que con las palabras. La luz atravesaba el entretejido y le ponía una prenda diferente por debajo del cuello.
  Él quería saber si lo hacía por una disimulada lástima, o por urgencia de sonrisas en el otro (la luminosidad es visible cuando rebalsa, únicamente). Pero mientras seguía en la ignorancia, disfrutaba.
  (Arriba hay como una oportunidad de muchos tamaños, a punto de marcharse, y más abajo, el sabor todavía acurrucándose, sin planes. Como para que se imaginen el entorno, digo)
  ―Víctor, estuviste acusándote mucho tiempo. Mirá, perdiste algunas líneas ―dijo con un talento de madre que a veces se le escapaba.
  ―¿Cómo? ―y se buscó las diferencias en la palma, consciente de que no la conocía tanto como presume aquel dicho popular: un par de imperfecciones cutáneas podrían oscilar su existencia en ella sin que él se percatara. Sí, podrían. Pero no pudieron esta vez.
  ―Antes ahí había un mandarino.
  ―Me acuerdo ―dejó de mirar Nicole.
  ―A veces se llenaba de azahares, pero nunca pudo dar fruta. Era bajito, y entonces yo me colgaba de una rama medio seca y me hamacaba. ¿Te acordás?
  ―Sí ―sonrió―. Yo también me hamacaba. Podemos recuperarlo.
  ―No.
  ―Bueno, no, pero sabés a lo que me refiero.
  Nicole también recordó que de pequeños él siempre agachaba la cabeza y aceleraba un poco más durante los paseos en bicicleta. Desde diez o veinte metros más adelante giraba el cuello y le gritaba que se apurara, que le metiera pata a los pedales. A ella le causaba simpatía la escena, pero prefería mantener el paso tranquilo, y así no volver tan rápido a casa. Víctor terminaba desacelerando, recuperando el paso al lado suyo, y así había más tiempo juntos.
  Entre tanto, ya iba cerca del pulgar, donde había un pequeño huequito perfecto para moler cereales o para ponerle miel untable. Víctor se dio cuenta de que Nicole no brillaba esa tarde, no miraba hacia el otro lado del mundo, no abría su libro de Boris Vian en una página cualquiera. No. Esta vez era un cartel y una alfombra, un ser humano hecho de dos padres y una institución pública y una constitución nacional. Y tal vez era un logro, o al menos un alivio. Venía sin mapas y con un lugar.
  ―No podés acusarte de tu historia. Naciste con ella y no con vos.
  ―¿Y en qué momento se supone que tengo que entrar?
  ―No pediste tu historia, y de vos, aunque hablemos, no vamos a decir nada, porque no sabemos. ¿Acaso sabés algo de vos que no te lo haya contado la historia?
  ―¿Qué pasa cuando te miro, Nicole? ―por uno de sus nudillos había un tobogán que no tenía escalera―. ¿En serio sólo veo las ondas de cuando tirás una piedrita? ¿Y la piedrita, y la mano que la suelta, y el brazo que se sacude? ¿En serio una y otra vez el mismo mundo idéntico?
  El resto del diálogo se extravió. Sólo se sabe que Nicole se descalzó y encontró una insistente nube de mosquitos llegando bajo la uña del meñique de Víctor. Sin embargo, lo más probable es que hayan dejado de hablar, porque ambos se veían agotados y ya estaba anocheciendo sin una sola de las nubes que los habían convencido de quedarse ahí un rato más.

Febrero 2018

Inflamabilidad Literaria

sábado, 24 de febrero de 2018

CITA#19 - Fragmento de una escena entre Fernando y Chole, por Alejandro Casona

(Fragmento del primer acto de "Prohibido suicidarse en primavera", por Alejandro Casona. Fernando y Chole, una pareja de felices y de periodistas, llega al Hogar del Suicida)


FERNANDO: ¿Tierra firme?
CHOLE: ¡Y qué tierra! Montañas con sol y nieve, un lago, un hotel confortable, ¡y nosotros! Mira qué nombres tan bonitos: “Galería del silencio”… “Jardín de la Meditación”… Y en el parque, ¿has visto? “Sauce de los enamorados”, con cuerdas colgadas… para lo columpios. Dame las gracias ahora mismo, Fernando.
FERNANDO: Gracias, Chole… ¡Qué aspecto extraño tiene todo esto!
CHOLE: ¡Encantador!
FERNANDO: Encantador, pero extraño. Seguramente uno de esos paradores de turismo para ingleses y enamorados.
CHOLE: Lo que nos hacía falta. ¡Ay, qué vacaciones, Fernando! ¿Ves? Siempre debías dejarme conducir a mí. Te vuelves de espaldas a los mapas, te metes por las carreteras por donde no va nadie, cierras los ojos en los cruces apretando el acelerador… y siempre sales a algún sitio inesperado y maravilloso. La primera vez que me dejaste al volante descubrimos así unas ruinas góticas, ¿te acuerdas? La segunda…
FERNANDO: La segunda nos fuimos contra un castaño de Indias.
CHOLE: Pero no se destrozó más que el coche. ¿Y aquella cabaña de pescadores donde nos recogieron? ¿Y aquella herida, tan bonita, que te hiciste en el hombro? ¡Qué bien te sentaba aquel gesto triste, Fernando! No te lo había visto nunca. ¿Dónde fue?
FERNANDO: En una costa: el Cantábrico… el Báltico… Ya no me acuerdo.
CHOLE: Yo tampoco; pero era un mar auténtico; sin bañistas, sin casino. ¡Con unos hombres rubios y grandes, que cantaban a coro! Y ahora, ¿qué me dices ahora? ¿He sido un buen timonel?
FERNANDO: ¡Magnífico!
CHOLE: Me dijiste: tenemos una semana de vacaciones en el periódico; vámonos a guarecer nuestro amor en cualquier rincón tranquilo y feliz… Aquí lo tienes.
FERNANDO: Decididamente, ¿nos quedamos aquí?
CHOLE: ¿Dónde mejor? Además, no podríamos seguir aunque quisiéramos. ¡Si todo ha sido providencial en este viaje! Tomé está carretera porque no figura en la guía; justo al llegar se nos acabó la gasolina. Y en cuando descendimos saltó una alondra a la derecha. ¡Buen augurio!
FERNANDO: Así sea. Pero ¿es que no hay nadie en este hotel? (Llamando a gritos hacia un lado) ¡Oooh! (Pausa.)
CHOLE: (Hacia el otro.) ¡Oooh! (Pausa.)
FERNANDO: Nadie.
CHOLE: Mejor. ¡La montaña y nosotros! ¿Qué más nos hace falta? (Solemne.) En nombre de España, tomamos posesión de esta isla desierta. ¡Hurra, capitán!
FERNANDO: ¡Hurra timonel!
CHOLE: (Abriendo los brazos.) ¿Cómo llamaremos a este rincón feliz?
FERNANDO: ¿Cómo se llaman todos los rincones de la tierra donde estemos tú y yo?
CHOLE: ¡El paraíso!”